
Teniamos qe ir, varias personas, a la casa de un señor que nos habia citado. Llegue a la casa, qe desde afuera parecia como cualquier otra, y entre. Al entrar tuve la certeza instantanea de qe no era asi, de que era diferente a las demas. El dueño me dijo:
-Lo estaba esperando.
Intuí que habia caido en una trampa y quise huir. Hice un enorme esfuerzo, pero era tarde, mi cuerpo ya no me obedecia. Me resigne a presenciar lo que iba a pasar, como si fuera un acontecimiento ajeno a mi persona.El hombre aquel comenzo a transformarme en pajaro, en un pajaro de tamaño humano. Empezó por los pies: vi como se convertian poco a poco en unas patas de gallo o algo así. Despues seguió la transformacion de todo el cuerpo, hacia arriba, como sube el agua en un estanque. Mi unica esperanza estaba ahora en los amigos, que inexplicablemente no habian llegado. Cuando por fin llegaron, sucedió algo que me horrorizó: no notaron mi transformacion. Me trataron como siempre, lo que probaba que me veian como siempre. Pensando que el mago los ilusionaba de modo que me vieran como una persona normal, decidí referir lo que me habia hecho.
Aunque mi proposito era referir el fenomeno con tranquilidad, para no agravar la situacion irritando al mago con una reaccion demaciado violenta (lo que podia inducirlo a hacer algo todavia peor), comencé a contar todo a gritos. Entonces observé dos hechos asombrosos: la frase que queria pronunciar salio convertida en un áspero chillido de pajaro, un chillido desesperado y extraño, quizá por lo que encerraba de humano; y, lo que era infinitamente peor, mis amigos no oyeron ese chillido, como no habian visto mi cuerpo de gran pajaro; por el contrario, parecian oir mi voz habitual diciendo cosas habituales, porque en ningun momento mostraron el menor asombro. Me callé, espantado. El dueño de casa me miró entonces con un sarcastico brillo en sus ojos, casi imperceptible y en todo caso sólo advertido por mi. Entonces comprendí que nadie, nunca, sabria que yo habia sido transformado en pajaro. Estaba perdido para siempre y el secreto iria conmigo a la tumba.
Ernesto Sabato, El túnel.


No hay comentarios:
Publicar un comentario